¿Trabajar y ser feliz es posible?

Foto de fauxels en Pexels

Deja de hacer lo que estabas haciendo, deja de pensar lo que estabas pensando, deja de leer estas líneas por un momento y pregúntate: ¿Eres feliz?

Esta pregunta la he formulado desde siempre a cada persona que conocía y la reacción acostumbra a ser la misma: desconcierto, escepticismo e incluso humor. No obstante, no podía entender cómo algo que me parecía (y parece) fundamental en la vida fuera prácticamente incuestionado por muchos. 

Al crecer esta pregunta siguió acompañándome en mi leitmotiv y pronto vi que parecía no encajar muy bien en el ámbito laboral. Por las mañanas preguntaba y pregunto a quienes me cruzo un “cómo estás” o “cómo pinta el día” y las respuestas suelen ser un simple “bien”, “voy haciendo” o “he tenido días mejores”. Y eso en los mejores casos. Si a ello le unimos caras largas, los deseos insaciables de que llegue la hora de salida o el anhelo casi desesperante del fin de semana, obtenemos el cocktail perfecto de lo que considero infelicidad laboral.

¿Cómo puede ser? ¿Qué causa estas situaciones? 

Tras años observando mi entorno y a través de mi propia experiencia, la respuesta la encontré en la deshumanización que a menudo existe en algunas organizaciones. Es decir, que muchas de estas personas no se sienten valoradas, no se sienten escuchadas y mucho menos se sienten queridas. Lo único que parece importar en estas situaciones son los resultados, nada más.

A raíz de ello, las preguntas inmediatas que me venían a la cabeza eran: ¿Cómo pretenden estas organizaciones obtener buenos resultados si su principal motor, las personas, no se sienten bien? ¿Cómo va a percibir un cliente la organización con la que trata si la persona que da la cara por ella no está bien? ¿Cómo va a rendir una persona que no está bien dentro de su organización? Y podría seguir con muchas más.

Indagando todavía más, descubrí que en muchos casos el origen de este problema endémico es consecuencia de la educación empresarial que se ha vivido y los valores (a mi entender equivocados) que se han transmitido. En otras palabras, responden a razones generacionales, como las de los babyboomers, que quizás pretendían cubrir necesidades del pasado.  Antes, “éxito” era igual a “dinero”, no importaba nada más. ¿He de trabajar 10 horas? Es lo que hay. ¿Que son 16? Es el precio que me mandan para ganar más dinero. No importa ni mi familia, ni mis amigos, ni tan siquiera yo.

Pero entender el origen no justifica que esa conducta sea coherente con una organización próspera. Y la respuesta a la solución la encontramos en lo que se conoce como “salario emocional”.

Para mí, el salario emocional, se sustenta sobre los pilares de la comunicación, el saber escuchar, la comprensión, el compromiso, el empoderamiento y el hacer crecer a las personas que forman los equipos. Estos puntos tan esenciales me llevaron a crear el concepto felicidad eficiente, que no es otra cosa que el estado en el que las organizaciones son más eficientes porque las personas que la forman dan la mejor versión de sí mismas.

¿Y quiénes son los responsables de ello? Lo verdaderos líderes. 

Un líder no es aquél que ostenta necesariamente un papel de autoridad, puede serlo cualquiera. Me encanta la definición de John Quincy Adams, sexto presidente de los Estados Unidos: “Si tus actos inspiran a otros a soñar más, aprender más, hacer más y ser más, eres un líder”.

El efecto directo que ello produce es que los miembros de la organización se sientan bien, se sientan felices. Y no tengamos miedo o nos tomemos a broma el concepto felicidad, es un tema fundamental y tremendamente serio.

¿Y las consecuencias para la organización cuáles son? Mejora de la productividad (desde un 30%) y la eficiencia, disminución de bajas laborales o retención y atracción del talento. Aún recuerdo la primera vez que descubrí cuánto dinero le cuesta a una empresa reemplazar a un empleado… ¡Me horroricé! 

Por ejemplo, en números muy redondos y simplificando mucho, estamos hablando que si alguien con cierta posición que cobraba 40.000 €/año se marcha, encontrar al sustituto perfecto (lo que no se sabe desde el inicio) le costará a la compañía entre 35.000€ y 60.000€. ¡Ninguna empresa quiere perder dinero, y menos si el origen de dicha pérdida es interno! Si alguien está bien donde trabaja, no se irá. Problema resuelto.

No olvidemos que otra gran consecuencia de que alguien trabaje feliz es el buen servicio al cliente. El fundador de Virgin, Richard Branson, lo tiene muy claro: “Los clientes no son lo primero, lo primero son los empleados. Si cuidas de tus empleados, ellos cuidarán de tus clientes”. Sorprende a priori pero es totalmente cierto. Si alguien es feliz con el trabajo que realiza, dará su vida por la organización en la que trabaja.

Por lo tanto, respondiendo a la pregunta con la que título el post, trabajar y ser feliz no sólo es posible sino que es necesario.

En definitiva, sueño con un mundo en que las personas digan y sientan que se despiertan felices para ir a trabajar, y conseguir así las compañías más sólidas que hayan existido jamás. Y qué narices, sueño con un mundo en que las personas sean felices en su día a día, que den lo mejor de sí y que contagien su energía positiva para lograr una sociedad próspera.

Para acabar, probablemente os estaréis preguntando: ¿Y Antonio es feliz en su trabajo?

Sin duda alguna, sí. Pero no os engañaré, hubo una larga época que no.  En mi caso decidí tomar las riendas de mi vida y cumplir mi sueño fundando Efficient Happiness para lograr que la felicidad se establezca como valor en las organizaciones y cumplir con lo que os he explicado. Pero permitidme que los detalles de cómo empecé este viaje os los explique más adelante. 

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