Ingresos y felicidad laboral: el debate definitivo

Es una discusión tan vieja como el departamento de recursos humanos, y de las pocas de nuestra disciplina que saltan a la calle: ¿el dinero nos hace felices (en este caso, en el trabajo)? Que ingresos y felicidad van relacionados, eso no se le escapa a nadie. Saber cómo se relacionan es harina de otro costal.

Ha hecho falta que se junten varios popes de la investigación en psicología cognitiva y sociología, como si de un supergrupo de los setenta se tratara, para tratar de resolver la cuestión de una vez por todas. Y parecen haberlo conseguido a juzgar por el título de su artículo, “Ingresos y bienestar emocional: un conflicto resuelto” (pero en inglés, claro); aunque hacen un poquitín de clickbait, hay que decirlo…

Explicación rápida

Resumiendo mucho, este artículo publicado en 2023 consiste en poner frente a frente dos artículos anteriores con resultados contradictorios sobre la relación entre ingresos y felicidad para buscar “una interpretación coherente de ambos estudios” de la mano de los propios autores. Así que:

  • tenemos en un rincón a Matthew Killingsworth con un estudio que asegura que ingresos y felicidad van de la mano (a más dinero, más felicidad);
  • y en el otro rincón, Daniel Kahneman y Angus Deaton (ya podrán, abusones) dicen que sí, pero hasta que se estanca a un cierto nivel (60.000-90.000 dólares).

Llegados a este punto, y con Barbara Mellers como árbitro, los autores comparan resultados, analizan datos, ajustan mediciones y reanalizan los resultados para buscar una conclusión en común, que sería:

  • sí, el estancamiento se produce (puntito para Kahneman y Deaton), pero solamente para el 20 % menos feliz de la muestra estadística;
  • por otro lado, ninguno había advertido que la felicidad de los que ya son más felices aumenta aún más cuando los ingresos son mayores.

Dicho de otra forma: las personas poco felices son un poquito más felices cuando reciben más de 100.000 dólares anuales, pero las personas muy felices son un muchito más felices cuando ingresan la misma cantidad de dinero.

Y ahora lo traemos a gestión de personas…

Interesantes conclusiones, ¿no? Resulta que:

  1.  para la minoría más infeliz, la felicidad sube con los ingresos pero se estanca a partir de cierto punto.
  2. para la minoría más feliz, la felicidad sube con los ingresos y no se estanca (de hecho, sube más a partir de cierto punto).

Ahora, prueba a relacionar esto con lo que ocurre en el ámbito de tu organización. Si alguna vez te has planteado por qué el salario es más importante para unos empleados que para otros, aquí tienes una posible respuesta. Por un lado, esto no resulta demasiado sorprendente

Por otro lado, vemos que la relación entre ingresos y felicidad es compleja, interdependiente y con frecuencia “está cabeza abajo”. No tenemos más bienestar emocional (así llama Kahneman a la felicidad, recordemos) por cobrar más, salvo que ya seamos felices en el trabajo; y llega un momento en que, si no somos felices en el trabajo, por mucho que cobremos no hay nada que hacer.

ingresos y felicidad 1
Sí, los ricos también lloran…

La clave de la relación entre ingresos y felicidad… ¡está en los datos!

No vamos a meternos a fondo en dónde estuvieron los “errores” (tendrás que leerte el artículo o creer lo que te digamos), pero sí vamos a mencionarlo porque a los propios autores les parece muy revelador.

Por un lado están los datos. Killingsworth partía de 33.000 encuestas con respuestas en escala Likert de valoración (de muy feliz a muy poco feliz) obtenidas en medición continua a través de dispositivos móviles (muy parecido a lo que hacemos nosotros), por lo que tenían gran solidez. Kahneman y Deaton se basaban en el índice de felicidad de Gallup: 450.000 datos (5 preguntas tipo sí/no) de 1.000 respondientes estadounidenses a lo largo de un año.

Son buenos datos, pero ahí no estaba el problema, sino en la forma de analizarlos. Las respuestas sí/no “despistaron” a Kahneman y Deaton con un efecto techo; eso, y llamar felicidad a lo que era en realidad infelicidad. Killingsworth, por su parte, no fue capaz de ver que para “los infelices” los altos salarios significan poco, pero los bajos son muy significativos.

Ambos querían medir el constructo “bienestar emocional”, pero los primeros fallaron su objetivo (sin darse cuenta, daban más relevancia a factores de infelicidad) y el segundo entendió que ser felices en el trabajo dependía directamente del sueldo (no notó que los más felices “disfrutan” más los sueldos altos que los menos felices, y al revés).

Aplícate el cuento

Ya ves que preguntar es de sabios y errar es humano, ¡pero no por ello medir la felicidad deja de tener un impacto positivo!

Lectura recomendada